Los historiadores en general, y los historiadores del arte
en particular, solemos fundamentar nuestras investigaciones
en fuentes históricas, tanto documentales como
bibliográficas.
Al consultar tales fuentes, referidas al edificio del
Mercado de Sanlúcar, resulta que tenemos la suerte de contar
con los escritos, publicados hace pocos años, del
historiador dieciochesco Juan Pedro Velázquez Gaztelu, quien
vio construir el Mercado en 1744. En su obra Historia
antigua y moderna de Sanlúcar, nos narra con todo
detalle las circunstancias que rodearon la edificación del
Mercado, al tiempo que nos ofrece una pormenorizada
descripción del edificio acabado de construir. Más tarde,
los historiadores Guillamas y Galiano, Barbadillo Delgado y
Climent Buzón vuelven a dar algunas noticias del Mercado y
en el Archivo Municipal se conserva el proyecto de reforma
ejecutado en 1939.
La Junta de Andalucía ha publicado unos espléndidos
catálogos de las casas de cortijos y viñas andaluzas, de los
pósitos, cillas y tercias, entre otros. Desconozco si se ha
elaborado ya el inventariado y catalogación de los mercados
de abastos en Andalucía. Si no es así, cuando se acometa
este imprescindible trabajo, posiblemente el Mercado de
Abastos de Sanlúcar sea uno de los pocos que existen en
nuestra comunidad del siglo XVIII con autoría reconocida y
con una tipología edificatoria modélica, cuya preservación
garantiza el mejor conocimiento de la evolución constructiva
que han experimentado a través del tiempo estos edificios
comerciales de nuestra Arquitectura Civil. Así, en el
Catálogo de los Mercados Andaluces, el sanluqueño ocuparía
un lugar de primer orden por su antigüedad, tipología
edilicia e interés histórico y antropológico.
Por tanto, el Mercado de Sanlúcar de Barrameda pertenece a
la tipología específica de Arquitectura Civil de carácter
comercial y en la actualidad se constituye en un testigo
material, espectacular e insustituible, para conocer este
tipo de edificaciones históricas.
La estructura primitiva del Mercado de Sanlúcar se conserva
tal como se edificó por el Maestro Mayor de la Real
Audiencia de Sevilla, con planta cuadrada, gruesos muros
almenados, puertas con arcos de medio punto y, en su
perímetro, espacios internos para los puestos con arcadas de
medio punto y pilares construidos con piedra berroqueña, los
cuales quedaron rotulados en su época con azulejería
cerámica. A esta estructura se añadió en 1882 la zona que
linda con las Covachas, transformándose entonces su planta
en rectangular. Y en 1939 el arquitecto sanluqueño Isidro
Vital, usando el virtuoso criterio de la prudencia, tan sólo
recreció unos muros superiores con ventanas, retranqueados
respecto a la línea de fachada y dejando libres las
cubiertas de los espacios laterales destinados a los puestos
de mercancías, además de techar el edificio, pues desde su
origen la zona central del mercado estuvo a cielo abierto.
Todo esto es lo que dicen las fuentes históricas, cuyas
evidencias no cabe discutir.
En mi opinión, sólo las zonas pertenecientes a las últimas
reformas, llevadas a cabo en los siglos XIX y XX, las cuales
están bien referenciadas y bien delimitadas, serían
susceptibles de ser transformadas con el mayor respeto y
rigurosidad, en un supuesto proyecto de “restauración” y
modernización.
Si los técnicos que redactaron el Catálogo de Edificios
Protegidos del PGOU de 1997 sólo protegieron la portada de
piedra, debió ser por ignorancia de las fuentes históricas
citadas, o bien porque así se lo ordenaron los políticos,
quizás porque ya estaba programada su demolición, tal como
intentó el anterior equipo de gobierno municipal en 2005.
Esta situación no resulta extraña. Tenemos otros casos
semejantes de edificios de gran interés histórico y
arquitectónico, que no fueron protegidos por el mismo PGOU,
como las bodegas Trillo y Santa Ana, el palacete de
cargadores a Indias de la calle Trillo o la portada mudéjar
del convento de San Jerónimo, entre otros muchos, todos
tristemente desaparecidos en los últimos años.
Desconozco los motivos que están impulsando al equipo
redactor del proyecto de nuevo mercado, y en especial al
arqueólogo Fernando Amores y los antropólogos Pedro A.
Cantero Martín y Esteban Ruiz Balleteros, a omitir las
fuentes históricas antes citadas y afirmar categóricamente
que el edificio del Mercado data de 1939 y es producto de
múltiples reformas irreconocibles, aferrándose al mismo
tiempo a la escasa protección que le otorga el PGOU, para
justificar la demolición del Mercado. Por otra parte,
resulta más que sorprendente que estos prestigiosos
profesionales silencien que el Mercado está afectado por la
declaración legal de B.I.C. del casco antiguo de Sanlúcar,
así como por la declaración de B.I.C. del entorno protegido
de Las Covachas, cuya declaración paradójicamente realizó la
propia Junta de Andalucía, al parecer para que el PP no
tirara el Mercado en 2005.
Desde mi humilde opinión, como sanluqueña, que conoce un
poco esta ciudad, a la que amo profundamente; y como
historiadora del arte, con este reiterado empecinamiento en
unos argumentos poco fundamentados documentalmente, lo único
que están consiguiendo estos señores del equipo redactor en
que se ponga en duda su credibilidad profesional.
En resumen, el Mercado de Abastos es un importante edificio
del Patrimonio Histórico de Sanlúcar, con gran valor
histórico, arquitectónico y antropológico, cuya permanencia
y conservación resultan incuestionables.
Por último, cabría preguntarse por qué son bastantes los
arquitectos, arqueólogos y antropólogos que están firmando
para que se conserve el Mercado de Sanlúcar, si los
argumentos del equipo redactor son tan irrefutables, ¿es
que sólo unos cuantos señores y señoras están en posesión de
la verdad y cinco mil personas estamos equivocados?
Señores, por favor, seamos serios y profesionales. No
estamos tratando de cualquier frivolidad. Está en juego la
desaparición de un edificio singular del siglo XVIII y, como
resultado, la transformación de un entorno urbano
privilegiado, que aún puede permitirse el lujo de contarse
entre los mejores de Andalucía.
En Sanlúcar de Barrameda, a 30 de octubre de 2009