Es
un honor inesperado haber sido invitado por Aula
Gerión para dirigir unas palabras en esta entrega de
premios. Honor inesperado porque mi profesión –soy
historiador de la ciencia- se aleja bastante del
perfil que cabe suponer a un experto en patrimonio o
historia del Arte. Tampoco me he internado en la
apasionante historia local sanluqueña, pecado capital
al que, por cierto, pienso pronto poner remedio.
Aunque a algunos les sorprenda, Sanlúcar también fue
importante en la Historia de la Ciencia española. Así
que sería poco honesto empezar a glosar los méritos de
los premiados desde la altura de un supuesto
conocimiento que no poseo. Hablaré, por tanto, desde
el corazón, como un ciudadano más, siendo mis
opiniones como tal del todo discutibles.
Para mí éste es un acto
muy importante. Más importante que todos los congresos
y conferencias científicas a las que haya asistido,
porque aquí no se trata de arcanos académicos sino de
algo bastante más relevante: el coraje cívico, la
puesta en marcha de una voluntad colectiva empeñada en
vivir una vida que merezca ser vivida, no sólo para
nosotros, sino también para los que han de venir.
Vistas así las cosas, creo que todos los asistentes
estarán de acuerdo conmigo en que se trata de una de
esas raras ocasiones en que podemos sentir un legítimo
orgullo ciudadano. Aula Gerión, asociación ejemplar,
ha permitido alumbrar a los sanluqueños, a los que
tenemos raíces sanluqueñas, o a los que simplemente
están enamorados de Sanlúcar, la esperanza de que no
todo está perdido, que no todos están dispuestos a
aceptar con un silencio cómplice la destrucción de una
ciudad clave en el devenir histórico de dos
continentes. Y resulta especialmente emocionante ver
como estos valientes, de los que nos sentimos
particularmente orgullosos, saben premiar a los
mejores, a aquellos que siguen empeñados en demostrar
que es posible mantener en pie nuestros recuerdos en
forma de casas, palacios y bodegas.
Casas, palacios y bodegas
que han sido sometidos a una devastación sin
precedentes en el último decenio. No haré el recuento
de los caídos y mutilados, que cualquiera puede leer
en los demoledores informes del Aula Gerión, pero si
me gustaría poder compartir con todos mi propia
experiencia con respecto a Sanlúcar y su patrimonio en
los últimos treinta años. Yo no soy natural de aquí,
vengo de una ciudad, Valladolid, que ya sufrió, a
causa del crecimiento industrial y urbano desordenado
de los 60, una enorme destrucción cuyas heridas aún
hoy son bien visibles. Me siento, sin embargo, tan
cercano a Sanlúcar que yo no podría concebir lo que me
quede de vida sin estar cerca de la broa del
Guadalquivir, sin sus atardeceres y sus ponientes.
Quizás porque vengo de una familia que constituye un
ejemplo vivo de aquel afortunado mestizaje entre norte
y sur tan sanluqueño, y que constituye uno de los
factores que explican por qué Sanlúcar es tan
especial, tan difícil de reducir a los acostumbrados
tópicos de trazo grueso que interesadamente se asocian
con lo andaluz.
De hecho, los antiguos
propietarios de la antigua Fábrica de Gas, de los que
tenemos aquí presentes a mi queridísimo tío Francisco
Girón, son el ejemplo de esa confluencia norte-sur, en
este caso, entre aquellos navarros que vinieron a
dirigir los destinos de una instalación industrial que
daba luz a la Sanlúcar de principios del XX, y una
familia sanluqueña que vivía del ya por entonces
asentado negocio de la manzanilla. El negocio del gas
se vino abajo allá por los años 20, entre otras cosas
porque el ayuntamiento sanluqueño no se dignaba a
pagar a sus proveedores –cosa en lo que parece no
hemos mejorado mucho-, pero permaneció un espléndido
edificio, y la determinación de una familia de echar
raíces allí. Familia, que constituye un excepcional
ramillete de sanluqueños, algunos de los cuales
tuvieron que salir de Sanlúcar para brillar con luz
propia en distintas profesiones y lugares del globo.
Ahí está, sin ir más lejos, mi padre José Girón Tena,
figura clave en el estudio científico del Derecho
Mercantil en España, un verdadero gigante intelectual
y hombre bueno, al parecer hoy olvidado por su propio
pueblo. Tengo la firme esperanza de que algún día se
le rendirá el justo tributo, si no en tiempo, al menos
en forma.
Así pues, si yo tuviera la
tonta presunción de autobiografiarme, no tendría otra
opción que empezar por hablar de esa casa y sus
habitantes, donde yo pasaba largas temporadas
veraniegas. Tampoco podría dar cuenta de lo que soy
sin esa experiencia fundacional en ese paraíso
blanquiverde que era la Sanlúcar de los 60 y
principios de los 70. Y digo verde, porque una de las
singularidades sanluqueñas –aparte del primoroso y
trabajoso encalado tan alejado de los engendros
marronáceos con los que nos castiga cada pocos metros
el narcoladrillo- era la existencia de un extensísimo
manto vegetal que se extendía en líneas paralelas: por
un lado las huertas del Barrio Alto y el espectacular
arbolado que hacía de divisoria entre las partes altas
y bajas de la ciudad; y, por el otro, la inmensa
extensión de navazos que separaba la parte antigua del
Barrio Bajo de las dunas de la playa. En el Mazacote,
como sabéis, estábamos -como dirían los británicos- en
espléndido aislamiento, rodeados de navazos –y un
poquito de mugre, que todo hay que decirlo- casi por
todas partes. Desde el punto de vista de un niño, ese
era un entorno parecido al magistralmente descrito por
Gerald Durrell en Mi familia y otros animales.
Nada tiene de extraño, pues, que en mi exilio más allá
de Despeñaperros, no viera el momento de que llegaran
las vacaciones para poder subirme a los árboles,
perseguir a los pobres pitijopos, capturar camaleones
-por aquello del cambio de color- o coger nueces,
nísperos y damascos. Todo ello mientras perfeccionaba
mi sanluqueño en la más perfecta inmersión
lingüística, entre otras cosas porque en el Mazacote
era muy conveniente saber que era un peluazo,
más que nada para mantener más o menos intacta la chorla.
Desgraciadamente, en los
últimos decenios hemos contemplado la desaparición de
esa gran mancha verde, que dotaba a Sanlúcar de una de
sus señas de identidad. Se nos puede decir que era
inasumible que gran parte del centro de Sanlúcar lo
ocuparan huertas y navazos, y que existían grandes
necesidades de vivienda. Pero uno se pregunta si esas
necesidades –reales o supuestas en su momento- debían
necesariamente llevar a la desaparición prácticamente
total de una joya de la agricultura como son los
navazos de marea. Y por el otro, uno se pregunta
también por qué a esos cultivos únicos no les ha
sustituido una miserable zona verde que merezca el
nombre de tal, constituyendo toda esa parte de
Sanlúcar un continuo de hormigón francamente
desafortunado. Uno se pregunta, también, qué pasó para
lo que se supone que tenía que ser vía verde, la
antigua vía del ferrobús, hoy se haya convertido en
carretera cutre para solaz de los motoristas sin
casco. Tampoco ayuda a aquietar el espíritu la
perspectiva próxima de que aquello que nos queda de
intocado en la zona de Las Piletas, se haya convertido
en el oscuro objeto de deseo de distintos proyectos
-más o menos bienintencionados-, que vendrían a dar la
puntilla a esos restos de la Sanlúcar salvaje. Voy a
ser clarísimo: me parece la enésima barbaridad plantar
la Feria allí. Proyectos, además, precedidos por el
auténtico mamarracho que están haciendo en la línea de
costa, derribando o deformando los viejos chalets, y,
sobre todo, construyendo unos lamentables edificios de
varias alturas que obstruyen prácticamente en su
totalidad la maravillosa visión del Coto desde la
Cuesta de la Jara. Ése es el tipo de barbaridades que
tenemos, de una u otra forma, que parar.
Pero vayamos del verde
al blanco. También desde muy pequeño, aprendí a amar
la parte vieja de Sanlúcar. En un primer momento,
porque ir del Mazacote al Barrio Alto o Bajo tenía
siempre algo de gran aventura para un niño. Recuérdese
que hace treinta-cuarenta años la zona era, por así
decirlo, una suerte de antigua periferia industrial
–ahí están la Almona o la propia Fábrica de Gas-, y
que salir de allí requería durante no poco tiempo
cierta habilidad para sortear o salir del barrizal. Y
que vivíamos en un mundo infantil casi completo en sí
mismo, rodeados de animales, plantas y una libertad de
la que ahora, desgraciadamente, no pueden gozar los
más pequeños. De hecho, era el propio lenguaje el que
delataba nuestra conciencia de vivir en un sitio que
se nos antojaba a las afueras de la civilización. Así,
todo lo que suponía pasar la barrera del arroyo de San
Juan e internarse más allá de la Plaza del Pradillo
era “ir al pueblo”. Ir al pueblo, en efecto, es lo que
hacíamos las mañanas de domingo tras la misa en
Capuchinos, cuando nos acercábamos en bici para
comprar carmelas en Pozo o granizados en La
Ibense o cuando íbamos a ver salir a los Estudiantes
en Semana Santa. La visita al Barrio Alto se solía
justificar cuando se acudía por una variedad de
motivos a La O, o cuando había una gestión bodeguera
de por medio. Quizás el recuerdo más vivo que tenga,
más tempranamente ligado a ese ente evanescente,
indefinible, pero real que llamamos belleza sea el
artesonado mudéjar de La O, que junto a las imágenes
siempre vivas de las dunas del Coto, la portada
plateresca de San Pablo en Valladolid, o los
roquedales abruptos de las montañas que rodean a
Durango, se asocian, en mi caso, a esa primera emoción
estética que a todos nos marca de una manera
indeleble.
Ir al pueblo era también
lo que hacíamos, con no pocos humos, cuando con 12 o
14 años y libres de la tutela de nuestros padres, nos
dirigíamos ilusionadísimos a ver a Maciste el Coloso,
la enésima versión de Tarzán o al último spaghetti
western al Apolo, al Principal, o al lloradísimo
Cinema. Esa nueva independencia le permitía a uno
explorar por su cuenta los ejes vertebrales de la
trama del casco histórico sanluqueño. Trayectos
peripatéticos en los que disfrutaba de los aires
bodegueros de la hoy justamente premiada Sánchez
Ayala, o las hoy tristemente desfiguradas Banda Playa
y calle de la Plata. Más mayorcito, mi radio de acción
se fue extendiendo, con lo que Bolsa, Trasbolsa, San
Agustín, Caballeros, Carril de San Diego, Almonte,
empezaron a hacerse habituales en mi vocabulario. No
sólo era tal o cual monumento el que me llamaba la
atención, era la atmósfera, el magnetismo del conjunto
el que me cautivaba.
Magnetismo que no poco
venía de ese continuo indisoluble que era –y ha de
seguir siendo- la viña, el vino, las bodegas de
Sanlúcar. Yo, como muchos sanluqueños o personas con
raíces sanluqueñas, hemos llegado a la afición por el
vino casi por leche materna (espero, por cierto, que
no me esté escuchando la ministra de Sanidad, no vaya
a ser que cierre el Palacio Ducal). Algunos de los
aquí presentes sabrán de la relación de mi abuelo con
la firma Florido, o de que mi familia era la modesta
propietaria de viñas y de una bodega en la Plaza del
Pradillo, augustamente presidida por la hoy premiada
Casa Moreda.
Si tengo que hacer un
esfuerzo de memoria, son realidad las andanas con
sobretablas, uno de mis recuerdos más antiguos. Y los
olores, no sólo de las manzanillas, sino de los
amontillados, a los que sigo teniendo una inmoderada
afición, que con la que está cayendo algunos verían
como perseguible de oficio. Sanlúcar, de hecho, era no
hace tanto un festival de aromas en que se mezclaban
la dama de noche, el jazmín y las inimitables
varahadas de bota vieja y vino. Y finalmente, las
viñas de Sanlúcar, un patrimonio tan importante como
los grandes terruños y pagos bordeleses y borgoñones
–y que debieran merecer exactamente el mismo respeto-,
fruto de la naturaleza, y del trabajo primoroso de los
agricultores sanluqueños. Viña que, ya desde
principios del XIX, suscitaba la admiración de los
hombres de ciencia y letras, como en el caso de ese
gran botánico, agrónomo y enamorado de Sanlúcar que
fue Esteban de Boutelou, al que cito:
“No puede menos de
sentir el viajero Agrónomo a vista de las
opulentas viñas de Xerez y Sanlúcar aquella
impresión augusta y casi religiosa que experimenta
el Artista al descubrir entre las ruinas de Tebas
y Palmira soberbias columnas y trozos enteros de
Arquitectura que atestiguan la perfección del
Arte, y la grandeza y gloria de aquellas
capitales. En efecto, debe mirarse el cultivo que
allí se da a la vid, como uno de los mas preciosos
monumentos de nuestra Agricultura…”
Pasada la juventud, llega
ese momento en que el paso del tiempo pone a cada en
su sitio. Y es en ese difícil tránsito donde pude
aquilatar lo que para mi significa Sanlúcar.
Desgraciadamente, es la muerte de los seres queridos
la que te suele hacer mirarte ante el espejo de manera
diferente. No sólo porque la noción de que estamos de
paso se convierta en algo abstracto, en algo sentido y
vivido, sino porque algo de ti mismo se va con los que
no están: lloramos por ellos, pero también por
nosotros. Y es que uno no es nunca uno solo, sino que
es, sobre todo, las relaciones únicas e irrepetibles
que mantiene durante unos años con padres, tíos o
amigos. Por eso nos aferramos a la memoria, para
mantener ese diálogo de alguna forma, y también para
tener la ilusión de no haber perdido esa parte de
nosotros para siempre. Y en ese ejercicio tan humano
del recuerdo, ocupan un papel principal los espacios
compartidos. Eso lo supe, de la manera más brutal, el
día que vi la Fábrica de Gas convertida en escombros.
Es entonces cuando sentí cómo a la amputación que
supone la pérdida, se sumaba ahora el asesinato de tus
más queridos recuerdos reducidos a ladrillo machacado:
era como morir dos veces. Confieso que cuando paseo
ahora por determinadas calles del casco histórico y
veo las canalladas que todavía, a día de hoy, se están
perpetrando sin que nadie pare los pies a los
responsables, se reproduce ese mismo sentimiento de
rabia, impotencia y tristeza.
Esa es la razón por la
que de veras siento y pienso que la defensa del
patrimonio es un tema anterior, primordial, que
precede a la política, que hunde sus raíces en cosas
más básicas, que tienen que ver mucho más con los
principios éticos más elementales que con una u otra
opción partidista. Es algo que pueden comprender y
sentir –y de hecho comprenden y sienten en el resto
del mundo civilizado- desde un general de la OTAN a un
comunista libertario, desde un feroz librepensador al
más incontinente de los capillitas. Se trata de esa
cosa tan sencilla de entender, que se ha de respetar
en lo posible la voluntad de los muertos, intentando
preservar e incluso mejorar aquello que se ha recibido
para que lo disfruten los que han de venir. Se trata
de no romper esa cadena invisible, algo tan básico y
universal, que es ampliamente compartido por todas las
culturas. Por eso es no sólo estéticamente
impresentable, sino éticamente soez lo que ha pasado
con esta ciudad en los últimos años ¿Cómo es posible
que lo preservado con mimo durante cientos de años, se
haya desfigurado o destruido en tan poco tiempo? ¿Cómo
es posible que los sanluqueños de la presente
generación, o los que amamos a Sanlúcar, hayamos
dejado que esto suceda? ¿Qué derecho tienen unos pocos
a borrar de la faz de la tierra el material mismo
sobre el que se construye nuestra memoria? ¿Seremos
capaces de dejar, como único rastro, a nuestros hijos
y nietos una ciudad despersonalizada, un desafortunado
y hortera cruce entre Marina d’Or y las Tres mil
viviendas?
Afortunadamente,
Sanlúcar es todavía una realidad espléndida, a pesar
de las sórdidas mutilaciones. Ahora bien, y no por
saldar cuentas, sino para intentar impedir que nos
vuelva a pasar algo semejante, hemos de reflexionar en
voz alta y preguntarnos cómo hemos llegado al actual
estado de cosas. La primera cuestión es cuándo comenzó
todo esto. Respondiendo a esta pregunta, no le falta
razón a mi amigo Carlos Montoya, aquí presente, cuando
afirma que si de barbaridades hablamos, tendríamos que
irnos a muchos años atrás. No hay que ser un lince de
Doñana para ver cómo hay determinados horrores que
nunca se debieron construir en la calle Ancha, o que
mamotretos como el Hotel Guadalquivir o Los Infantes
han alterado de manera catastrófica las espléndidas
vistas que Sanlúcar tenía desde Capuchinos o desde
este mismo palacio. Pero lo que está pasando ahora
mismo es distinto en cantidad y calidad. Los números
cantan: son decenas los inmuebles derribados o
deformados hasta el ridículo en el último decenio.
También hay que hablar de la entidad de lo destruido:
mucho de ello se suponía que estaba protegido
legalmente y tenía un valor histórico-artístico
indudable. Es la propia coherencia del casco
histórico, su entramado global el que ha sufrido un
golpe indeleble. Y lo más sangrante es que esto ha
sucedido en un momento en que los consistorios no sólo
eran democráticos, sino que han gozado de un techo
competencial sin precedentes en la Historia de España.
Duele decirlo, pero nada de esto hubiese pasado si los
legítimos representantes del pueblo no hubieran mirado
para otro lado.
Sanlúcar no es la
excepción: una serie de informes procedentes de
instituciones de gran peso, como son el Parlamento
Europeo o la propia ONU, han sacado a la luz la
vergonzosa devastación que el ladrillo está
infligiendo al patrimonio histórico y natural de
España. En mi opinión, lo más preocupante no es la
corrupción, que no deja de ser un tema
extraordinariamente importante, sino la dependencia de
un modelo de crecimiento económico íntimamente ligado
a la depredación insensata de nuestra herencia más
valiosa. Algo insólito en el contexto de la Europa
civilizada. Ahora bien, decir que lo que nos pasa
también pasa en otros sitios de la piel de toro es
francamente un consuelo de tontos. En nuestra ciudad
tenemos que añadir, desgraciadamente, el hecho de que
la lacra del narcotráfico alcanza una dimensión mayor
que en otros enclaves costeros. Y uno no puede
reprimir la sospecha de que las pingües ganancias se
acaban canalizando en la actividad inmobiliaria, por
muy honrados que puedan ser la mayoría de nuestros
promotores y constructores. Son temas de difícil
solución, pero que exigen de los poderes públicos una
actitud bastante más firme, menos tibia. Creo que
muchos compartirán conmigo la convicción de que lo que
hace falta en Sanlúcar es aquello de “cumplir y hacer
cumplir las leyes”. Que aquí también exista el estado
de derecho. Y ello, claro está, incluye al urbanismo.
Pero no basta el temple
moral o la convicción de que no podemos seguir así. Es
del todo obvio que la defensa del patrimonio requiere
la restauración de la dignidad democrática, es decir,
que volvamos a tener la seguridad de que nuestros
cargos públicos realmente nos representan, y no sólo a
determinados grupos de interés asociados a la
especulación inmobiliaria. En esto necesitamos un
cambio radical, y no sólo en Sanlúcar. Pero también es
cierto que, aún en las mejores condiciones desde el
punto de vista de la salud de nuestro sistema
democrático, el mantenimiento de un patrimonio
histórico tan importante como el sanluqueño es una
tarea ímproba. Vuelvo a la experiencia personal. Para
mí la antigua Fábrica de Gas y su jardín eran el
paraíso terrenal, pero constituía un tremendo
quebradero de cabeza para los adultos. El
mantenimiento de un inmueble tan grande requería
continuos desembolsos cada vez más onerosos. La
lección que he podido sacar de todo ello es que si se
quieren mantener nuestras grandes casas y palacios, es
prácticamente imposible –y hasta cierta medida
injusto- que dejemos caer todo el peso sobre los
hombros de las familias propietarias. No se cuál
habría de ser el sistema de ayudas a implementar, o el
sistema de financiación, pero es claro que en esto hay
mucho margen de mejora.
Por otro lado, y también
partiendo de esa misma experiencia personal, se hace
cada vez más patente, que los usos de esos viejos
inmuebles se han de adaptar a las nuevas estructuras
familiares. Hace cincuenta años hablábamos de casas
habitadas por familias que excedían en no pocas
ocasiones la decena de individuos, y que respondían a
un modelo de familia extensa hoy en vías de extinción.
Dichos inmuebles estaban adaptados a un modo de vida
en que la autoridad patriarcal –del abuelo, del padre,
del hermano mayor- raramente se discutía, aunque en no
pocas ocasiones la gestión del día a día estaba en
manos de mujeres ejemplares. Yo no me puedo quejar. He
vivido en una de estas grandes casas rodeado de primos
y tíos, he sido querido por todos, y de todos he
aprendido algo. Pero también soy consciente que es una
historia que está viviendo su final aquí y en casi
todas partes. Todos sabemos que la mejor forma de
conservar esa rica herencia es que esos inmuebles no
se mantengan como reliquia, sino que sean habitados y
vividos. Las soluciones no son fáciles, y no pueden
partir de un modelo prefijado, sino que tienen que ser
aquéllas que se ajusten mejor a la naturaleza de cada
edificio. Desde este punto de vista, las
rehabilitaciones ejemplares premiadas por Aula Gerión,
en la calle Alcoba, San Agustín y San Juan, revelan
necesidad de abordar la cuestión de una manera muy
plural.
Y si de la arquitectura
popular tradicional hablamos -tan importante para la
integridad de la trama urbana como los grandes
monumentos-, el problema es otro, pero no menos
peliagudo, y es el de la carencia de los servicios más
esenciales. A todos nos encanta pasear por ese Barrio
Alto lleno de sabor y autenticidad, pero no podemos
culpar a los residentes por querer abandonar unos
domicilios en muchos casos insalubres. La
rehabilitación de los inmuebles, para que gocen de un
nivel parecido de servicios a la vivienda nueva, aquí
se vuelve imperiosa por dos motivos fundamentales: por
un lado, la importancia clave que tienen estas
modestas viviendas en el mantenimiento de la traza
original del conjunto histórico sanluqueño; y, por el
otro, conseguir que esa extensa zona de nuestra ciudad
histórica no quede envejecida y despoblada, lo cual
constituiría su segura muerte. Por otro lado, piénsese
que una rehabilitación respetuosa de nuestro casco
histórico –alejada del pastiche, claro- daría una no
pequeña carga de trabajo para nuestros honestos y
laboriosos constructores. Considérese, también, que si
se optara por la vivienda social, podría ser una forma
de fijar población joven allí, contribuyendo a paliar
un grave problema que está en boca de todos. Es aquí
donde se revela hasta qué punto un urbanismo, que
merezca tal nombre, es un instrumento decisivo en
cualquier política de bienestar.
Tampoco es tarea fácil
abordar el asunto de nuestras queridas bodegas. Mucho
se puede discutir sobre las causas de la larga crisis
del negocio del vino. Uno tiende a pensar que hay algo
profundamente erróneo en un modelo de negocio que
prima el volumen sobre la calidad, pero se me dirá con
justicia que es muy bonito ver los toros desde la
barrera. Sean cuales sean las causas, lo cierto es que
los números rojos, y unas perspectivas que indican que
aún se producirá un ajuste nada suave en forma de
concentración empresarial, no es el mejor escenario
posible. Y evitar la tentación de vender activos –en
forma de cascos de bodega situados en el mismo centro-
se está convirtiendo en una tarea cada vez más ardua.
Es del todo evidente que a nadie se le puede obligar a
continuar en un negocio que sólo le produce deudas,
pero no es menos cierto que las administraciones
públicas han de coger el toro por los cuernos y dotar
de protección legal a nuestros mejores cascos de
bodega, de forma análoga a lo que se ha hecho en El
Puerto de Santa María. Lo contrario sería aceptar más
que tácitamente la segura destrucción de la trama que
hasta ahora ha dado sentido a Sanlúcar. Cosa distinta
es buscarle otros usos a aquellos edificios bodegueros
que hayan cesado su actividad como productores de
manzanilla. Aquí habría que observar con mucho cuidado
qué se ha hecho en Jerez de la Frontera, y ver sí las
fórmulas aplicadas –ya sea en forma de lofts o de
centros comerciales- podrían tener utilidad también
aquí.
Dicho esto, permítanme que
no comulgue con ruedas de molino en forma del nuevo
mantra de bodegas fuera-pisos dentro, como si las
primeras fueran industrias contaminantes y haya que
llevárselas cuanto más lejos mejor. Es la definición
misma del pan para hoy y hambre para mañana. Creo que
es un inmenso error que nos costará caro a todos los
sanluqueños, bodegueros incluidos. No voy a entrar en
detalles técnicos sobre la elaboración de la
manzanilla, entre otras cosas porque aquí presentes
hay personas muchísimo más competentes para hablar de
ello. Pero todos convendremos que en la manzanilla, a
diferencia de otros vinos, tan decisiva es la viña
como el casco o los cascos de bodega en los que se ha
criado. Nuestras grandes soleras no son independientes
de los edificios que las albergan. De hecho, el
pajolero velo de flor no cría igual en el Barrio Bajo
que en el Alto, en las andanas más próximas a la mar
que en las más alejadas, en las botas que se arriman a
un pozo o en las que están cerca de un ojo de buey, en
los toneles que besan el propio albero o en las botas
situadas en tercera. Cualquiera que haya hablado con
uno de nuestros sabios capataces, se dará cuenta que
todo está en un delicadísimo equilibrio cogido con
pinzas. Son este tipo de cosas –únicas, sutiles y
frágiles- las que sitúan a los vinos sanluqueños entre
los mejores del mundo. Y se nos quiere contar el
cuento de que llevarse las bodegas tierra adentro, a
kilómetros de las zonas tradicionales de producción de
la manzanilla, no ha de tener efecto en nuestro oro
líquido, nuestro mejor patrimonio en olores y sabores.
A este paso, tratarán de hacernos creer que da igual
la manzanilla de la calle Trasbolsa que la de Lebrija,
¿O quizás de Almendralejo? Como dicen los castizos: a
otro perro con ese hueso.
Independientemente de que
crea que el Consejo Regulador debiera tomar cartas en
el asunto con respecto a la manera tan divertidamente
creativa que tienen algunos de entender lo que
constituye “la ciudad de Sanlúcar”, haciendo mofa del
espíritu articulado en el Reglamento de la propia
Denominación de Origen, hay otra cuestión no menor ¿En
que quedarán todos esos golpes de pecho sobre el
turismo enológico que de vez en vez se dan nuestros
políticos, si hacemos desaparecer de la faz de la
tierra verdaderas joyas de nuestra arquitectura
industrial perfectamente integradas en nuestro casco
histórico? Téngase en cuenta que las firmas del Marco
cada vez viven más de los atípicos en forma de
celebraciones y visitas a las bodegas. Y desde ese
punto de vista, sustituir edificios históricos, llenos
de personalidad, por impersonales y funcionales
bodegas, es otra forma de asegurarse el harakiri,
porque serán muy pocos los que se quieran dejar caer
en las segundas. Es posible que la desesperación que
provoca la desfavorable coyuntura económica en el
Marco nos impida ver la realidad, pero no hay duda que
el mantenimiento de nuestros cascos de bodega allí
donde están, dando sentido a la vieja Sanlúcar y a su
vino, es mucho mejor negocio a la larga. A la larga
sí, que ni a la manzanilla, ni a la ciudad, ni al
sector en sí, le hacen ningún bien los pelotazos
inmobiliarios subvencionados con el dinero del
contribuyente. Y es aquí donde vienen al pelo unas
sabias palabras de don Manuel Barbadillo, cuya lectura
pausada convendría a algún flamante bodeguero:
“Lo mal construido
se deshace pronto, se viene al suelo con la
rapidez de lo accidental; y los negocios no se
forman ni se crean sujetos a la frontera de una
temporada, ni con vista a unos cuantos meses de
regodeo o de engaño deportivos… Deben aspirar a
cifras de siglos: a ser espejo del mismo producto
que manipulan y pregonan. Pensar que después de
una cosecha viene otra, que tras una generación
aparece una nueva… y debe ser agradable, en la
sucesión de tantos días por venir, verse
considerado como recuerdo y como ejemplo”
Voy terminando. Lo que se
trata, en realidad, no es salvar una serie de
edificios singulares, sino preservar lo que algunos
ingenuamente suponíamos protegido desde el año 1973:
el Conjunto Histórico de Sanlúcar. No se nos oculta
que hay casos –como el del Palacio del Marqués de
Arizón o el de la bodega de Argüeso- que servirán de
test, un test que, por el bien de todos, esperemos
saque con buena nota la nueva Alcaldesa. Para muchos
de nosotros representan las líneas rojas que no se
deben pasar. Pero ello no nos debe hacer olvidar esa
visión de conjunto, en que se han de incluir jardines
–Botánico incluido, claro está-, navazos, viñas y
huertas. Como hemos visto, nos encontramos ante un
reto no exento de dificultades. Pero ya hemos probado
el ricino de la opción contraria: el de la destrucción
de nuestro patrimonio, el atisbar su sustitución por
una ciudad despersonalizada, ruidosa e invivible. Y no
queremos volverlo a probar. Por otra parte, más allá
de una cuestión ética, la defensa del Patrimonio es
también la defensa de una de las mayores fuentes de
riqueza con la que cuenta Sanlúcar, si no la más
importante. Pensemos, pues, como piensan florentinos,
cantabrigenses, abulenses o segovianos, que consideran
con acierto que el mantenimiento de una trama urbana
única es la condición misma de su supervivencia, su
mejor negocio. Desde este punto de vista, Sanlúcar ha
sufrido en los últimos tiempos un profundo e
irreversible proceso de descapitalización. A pesar de
todo, nuestra ciudad es, también desde este punto de
vista, un tesoro. Pero también los tesoros se agotan.
Razón de más para que los poderes públicos digan de
una buena vez que se acabó el cuento de enriquecerse a
costa de lo que es de todos. Y de que nosotros estemos
siempre vigilantes para que así lo hagan.
Soy el primero, en fin,
que lamento que mi presentación haya adquirido tonos
tan críticos. Pero no creo equivocarme mucho al decir
que casi todos los aquí presentes tenemos cosas
parecidas en mente: son las verdades de Perogrullo.
Además, he pensado que es la mejor manera de
homenajear a los premiados, porque mantener en pie,
cuidar, rehabilitar nuestro patrimonio -lo mejor de
nuestro presente y de nuestros recuerdos- durante
estos años de purgatorio es doblemente meritorio.
Quiero que sientan que no están solos, que admiramos
su determinación en unos tiempos en que hacer lo
correcto parece cosa de locos. Estos premios son la
mejor manera de que sientan nuestro aliento cómplice.
Complicidad con la que contarán siempre. Estamos en
deuda con vosotros. Gracias, muchas gracias por amar a
Sanlúcar.
En
Sanlúcar de Barrameda, a 30 de junio de 2007
* Álvaro
Girón Sierra es historiador y
científico titular del Departamento de Historia
de la Ciencia de la Institución Milá y Fontanals-CSIC
de Barcelona
Texto leído en la Presentación
del acto de entrega de los IV Premios a la
Conservación del Patrimonio Histórico concedidos por
el Aula Gerión.