
Estimada Presidenta,
señoras y señores, queridos amigos:
Me gustaría que estas
palabras de presentación de este acto de entrega de
premios, a la que gentilmente me invita el Aula Gerión,
sean, en primer lugar, de agradecimiento por la
invitación, y de apoyo y reconocimiento a la dura y
frecuentemente incomprendida e ingrata tarea
desarrollada por este pequeño, pero gran grupo de
sanluqueños, de nacimiento o adopción, en permanente
vigía y salvaguarda de un patrimonio urbano y
paisajístico de profundos valores ahora en definitivo
trance de desaparición. Porque mientras hasta ahora
sólo un desastre natural, como un terremoto o una
inundación, o accidentes de excepcional importancia,
como un incendio masivo, quizá una guerra, podía
terminar con una ciudad o un barrio entero, ahora un
solo proyecto de urbanismo o arquitectura puede
transformar por completo grandes áreas urbanas,
arrasando de un golpe no sólo su posible histórica
configuración física, sino también los depósitos de
memoria histórica en ellas depositadas. ¿Cuánto tiempo
hubiera necesitado una población como Sanlúcar, en los
siglos XVIII o XIX para producir la transformación
urbana importantísima que casi en un par de años viene
ahora produciéndose entre Sanlúcar y La Jara? Las
tropas napoleónicas de ocupación, en un ambicioso
programa de renovación higienista del viejo tejido
urbano sevillano de raíces islámicas, deciden demoler,
y demuelen, como otros conventos e iglesias, algunos
de ellos para ser convertidos en plazas, en una
inmensa ciudad que sólo tenía una, el gran Convento de
San Francisco que ocupaba por completo, como sabéis,
la actual Plaza Nueva. Obligados, poco después del
derribo, a abandonar Sevilla, dejaron los escombros
sobre el solar. Los sevillanos, ya en solitario, en un
portento de diligencia y capacidad, tardaron treinta
años en retirarlos para limpiar el sitio. Hasta más de
un siglo después no se terminaría la configuración de
la plaza.
El proyecto extensivo de
carácter unitario, como el propuesto por Balbino
Marrón para esa plaza sevillana, había sido una
antigua aspiración de tradición barroca ya ensayado en
las grandes operaciones urbanísticas papales en Roma,
de raíz aún anterior, como se aprecia, por ejemplo en
la plaza ducal de Vigevano, todavía de finales del XV,
al mismo tiempo en que el III Duque de Medina Sidonia,
por mano de Estupiñán, toma Melilla, y alcanzando su
mayor potencia figurativa en las transformaciones
ilustradas, pensemos, por ejemplo, en el París
postrevolucionario, como un eficaz instrumento de
dotar a la ciudad de escalas estructurantes adecuadas.
Sin embargo, la inevitable uniformidad de los
proyectos extensivos contemporáneos aplicada sobre
delicados y complejos entornos urbanos antiguos en los
que la diversidad y el contraste son componentes
esenciales de sus configuraciones producidas también
por múltiples actores, no una única promoción, durante
períodos muy dilatados de tiempo, y no de golpe como
ahora, se convierte en uno de los más peligrosos
factores en la transformación de la ciudad histórica.
La consideración del parcelario como bien patrimonial
a mantener, imposibilitándose, por ejemplo, la
unificación y segregación de parcelas es tutela que
incide sobre estas cuestiones. Durante los tres años
recientes en los que he sido miembro de la Comisión de
Calidad del Ayuntamiento de Barcelona para el Ensanche
y la Ciudad Vieja, no dejé de manifestar mi asombro
por el hecho de no estar protegido el viejo parcelario
gótico, confiándose a la arquitectura, a la buena
arquitectura de ahora, la toma en cada caso de las
decisiones adecuadas y rechazándose, así, la
posibilidad de una norma común.
Quizá algunas sociedades
puedan confiar, y confían, en su arquitectura, que ha
probado largamente su capacidad de liderazgo y la
competencia en su servicio, mientras otras, con
razones, desconfían, necesitando más normativa que al
menos garantice, si se cumpliese, un mínimo en la
salvaguarda del interés común. Pero la propia norma
debe ser igualmente vigilada: primero en su creación y
su carácter, después, en su aplicación y cumplimiento.
Y como tantas veces se ha demostrado en tan próximos
entornos municipales nuestros, los tiempos rápidos del
urbanismo moderno son difícilmente controlables
contando solo con los ciclos lentos de las
administraciones y la vida públicas.
Estar atentos en
permanente vigilia, como pretende este Aula,
representa, en mi opinión, la elemental e
imprescindible posición cívica de participación y
corresponsabilización en la gestión de algunos de los
asuntos más trascendentales en la configuración de la
presente y futura Sanlúcar, la ciudad romántica y
popular de la que nosotros milagrosamente algunos
restos llegamos a conocer y que nosotros,
desgraciadamente, no lograremos llegar a transmitir a
nuestros descendientes. Como si el destino y la
diferencia de tiempos a la que antes me refería, nos
haya colocado obligatoriamente en este antipático e
insólito lugar de la historia, en el que muchos,
abrumados aunque quizá disgustados, terminan pronto
por acomodarse sumisos. Mientras que otros no se
resignan.
Vuestra vigilia es
posicionamiento responsable respecto a cuestiones
vitales para los intereses de la comunidad,
participación activa en la vida pública de la ciudad,
y la ciudad, desde su denominación griega, como
polis, le confiere un inevitable y nobilísimo
sentido político a esta tarea. Corresponsabilidad y
colaboración con los poderes públicos, tantas veces
más atentos a otras visiones, a otras preocupaciones,
quizá a otros intereses. Frecuentemente a visiones de
tiempos cortos y resultados rápidos. Otras visiones y
versiones de la ciudad que han sido origen de la
preocupante deriva urbanística actual. Escasez y
precariedad de la finanza municipal, intereses
inmobiliarios especulativos, falta de planificación y
control urbanístico, y, sobre todo ello, la ausencia
de cualquier atisbo de proyección cultural colectiva,
algo así como las aspiraciones del ámbito privado, un
horizonte mitad de sueños y mitad de legítima ambición
sobre la que construir casi todo lo demás: lo que
queremos ser de mayores, a quién queremos parecernos,
qué cosas debemos corregir y cuales potenciar… En
otras palabras, qué tipo de ciudad queremos llegar a
ser, de qué va a vivir, como debe crecer y
desarrollarse, que papel va a jugar en su futuro lo
que fue su pasado, sus ancestros, su tradición, como
incorporará en todo ello las ventajas y oportunidades
que aporta la contemporaneidad… Creo que esta es la
más noble de las posibles visiones políticas de la
ciudad, o prepolítica si se quiere, por usar la
expresión que utilizó mi ilustre predecesor en esta
tribuna, el año pasado, Álvaro Girón. Todavía anterior
a lo político, en efecto, si la consideramos surgida
del sentimiento y la experiencia directa de la vida,
del andar por la calle, de miradas cruzadas, del
contacto con su gente. Noble hacer político del que la
política usual se encuentra frecuentemente alejada o
ausente, como si fueran otras las fuentes
primordiales, como si esto poco o nada importase a
nadie. Quizá tengan razón.
Por esto, esta ingrata
labor desarrollada por estas asociaciones ciudadanas,
de las que es ejemplo el Aula Gerión, no puede
desarrollarse sin integrar entre sus objetivos
principales el de la educación pública en los asuntos
patrimoniales, sin la que no podrá germinar la
imprescindible sensibilidad ante lo que, siendo
patrimonio cultural, a todos nos pertenece y todos
debemos defender como propio, por encima de su edad y
su tiempo, de la propiedad privada a quien pertenezca,
de la administración pública de la que quizá dependa.
Difícil, muy difícil tarea, impagable, que solo puede
llevarse a cabo desde la pasión desinteresada, desde
el verdadero amor que no puede medirse y también desde
la pena, la rabia y la nostalgia ante pérdidas
irreparables de la identidad de Sanlúcar que
consideramos partes de nosotros mismos, a cambio de
banalidad, a cambio de vulgaridad. Pérdida de lo que
han sido sus rasgos mas definitorios de una
personalidad especial, propia, para devenir un ejemplo
más del urbanismo devastador del litoral andaluz.
Finalmente se ha demostrado el error de los que
creímos que poseer una de las peores playas de esta
costa sureña, el lugar hasta hace poco de las mejores
playas del mundo, Cádiz y Huelva, sería un seguro de
salvación. Pero el monstruo de la salvaje explotación
turística, de la peor arquitectura del ocio, de los
pavorosos paseos marítimos, de los más horteras
conjuntos residenciales, de los inmensos centros
deportivos o comerciales surgidos como inexpugnable
muralla al borde del mar ha necesitado seguir saciando
su apetito. Monstruos y monstruos que tanta gente
confunde fácilmente con la inevitable modernidad, con
el sino inevitable del tiempo que vivimos. Con el
sueño de la razón. Ninguna razón produce este expolio,
este robo, este engaño. Esto no es ni razón, ni
progreso, ni modernidad, ni accidente, ni destino. Es
una desgracia buscada o permitida, un desastre por
todos consentido. Es el fruto de la ineficacia, de la
experiencia, de la inoperancia, de la desidia, de la
codicia, del desinterés, de la incompetencia…de los
políticos del gobierno y de los de la oposición, de
los ayuntamientos, de los artistas y los arquitectos,
de los poetas y los maestros, de todos nosotros…
Para muchos sólo queda el
frágil refugio del recuerdo.
Mis primeros recuerdos
sanluqueños son de tangencias, cuando pasábamos sin
rozarla camino de los largos veranos chipioneros, la
torre de la O, a la vuelta, siempre encima, anclando
la ciudad que se derrama desde el Barrio Alto, entre
el río y el mar. Después, ya más mayor, las
excursiones con mi padre a quién tanto divertía la
búsqueda de una silla o una butaca de caoba con
asiento de rejilla. Todavía anda por casa de mis
padres un cuadro inmenso procedente de a quién
llamábamos cariñosamente los Tontitos, de una casa en
la calle Baños con un patio y una yedra con la hoja
más pequeña que recuerdo. El cuadro tenía un
decorativo paisaje de árboles y vacas que parecía de
los Barrón o Cortés y en donde yo descubrí otra
pintura debajo. Sin que mi padre lo supiera, levanté
pacientemente las vacas y el bosque, y apareció un
seco y estirado personaje al borde de un río marismeño
con una cesta flotando como por Bonanza y una mujer en
el Coto que trata de alcanzarla, quizá Moisés
salvado de las aguas del Nilo, ahora parece un
torpe Esquivel. Recuerdo a Lola la
Churrasca, con su precioso corral, huerta y jardín, no
sé si el mismo u otro al lado después repleto de rejas
y gaditanos brocales de piedra. Y la casa grande y
destartalada de los Quirós, como una verdadera casa
semiabandonada donde todavía podían recorrerse los
salones, el comedor, los dormitorios y la cocina con
aquellas alacenas aún con lo que parecían restos de
viejas cristalerías que siempre estuvieran allí; y la
antigua casa de Rabadán, también en Santo Domingo,
donde compré once preciosos dibujos de Sánchez Perrier,
todos firmados y montados conjuntamente, cuando solo
él y yo sabíamos quién era el autor, y no estoy seguro
de si él realmente lo sabía; y de Vicente era también
una de mis primeras piezas de Compañía de Indias, que
yo soñaba traída por el Galeón de Manila hasta
Acapulco, entre pimienta moluqueña y canela de
Mindanao, desde Acapulco a Veracruz en burro, por el
Camino de Asia mexicano y después hasta Sanlúcar en
otro barco vencedor de un ataque de corsarios
isabelinos. Fue también sanluqueña nuestra primera
mesa de comedor y nuestra cama de recién casados,
decó más francés que sanluqueño, que tenía una
parte baja de madera rubia de raíz, que nos gustaba a
mi mujer y a mí y, encima, unos complicados bronces
dorados de ramas entrelazadas, que le gustaban a Luís
Paporra, que era quién la vendía. Así que llegamos
pronto a un acuerdo para dividirla, pero siempre tuve
la impresión de dormir en media cama. Y tantas
excursiones a Santa Adela de la Jara, la casa de la
familia de Carmen, desde hace cuarenta años hasta
llegar finalmente a Santa Clara de la Caridad, nuestra
pequeña casa entre la viña y el palmeral, un lugar
mágico donde antes había, lo recuerdo bien, un nido de
culebras y un cañaveral. Han crecido moreras, aromos,
jacarandas y cipreses, gigantes ya de veinte años que
este año nos vuelven a preocupar. Alguno ha muerto ya.
Y quizá renazcan las cañas y las serpientes. Todo
cambia. Todos cambiamos, incluidos los vivos y los
muertos y la vida social es cambio permanente. Nadie
puede parar la vida de un pago ni de un vino y menos
aún, la vida de una ciudad.
Y Sanlúcar es, para quien
quiera aprender, un libro abierto al respecto.
¿Cuántas Sanlúcar han desaparecido o resisten
aletargadas, enmascaradas. Amontonadas unas sobre
otras? ¿Quién conoce o presiente la Sanlúcar de las
misteriosas covachas o incluso la Sanlúcar del XVII y
el XVIII, la del barrio alto solo ocupado por una
modesta arquitectura doméstica popular sobre la que
primero crecerían, poco a poco, algunas casas
principales ya de orgullosa fachada? Calles de
perfiles quebrados y partidos, tan distintas a las
actuales. Los cascos bodegueros se insertaron como
pudieron, aprovechado quizá pequeñas bodegas
familiares, iglesias y conventos. Surgiendo así otra
Sanlúcar diferente, ya más cercana a nosotros.
Recuerdo con emoción la primera vez que vi, por
casualidad, el alfarje policromado del viejo Santo
Domingo entre botas y ahora de incierto destino: dos
Sanlúcar seguramente muy distintas y quizá ahora a
punto de desaparecer, ambas, arrasadas por una nueva
diferente y, según todos los indicios, peor que ellas.
¿Peor en todo? Ningún vecino valorará solo su ciudad
por la belleza de sus reliquias.
Por
esto querría que, en segundo lugar, estas palabras
fuesen de llamada a una reflexión crítica sobre
algunas de las principales ideas que suelen utilizarse
en este dificultoso y meritorio propósito. Dos me
parecen especialmente significativas: la idea de
generalización y la idea de conservación. La
generalización consiste en la ligereza de pretender
fórmulas generales que pueden ser aplicadas en
circunstancias distintas, en distintas ciudades, en
diferentes tratamientos patrimoniales. Y es fruto de
la ausencia de un debate propio que incorpore todo lo
que de particular y específico encierra cada problema
analizado y sus propuestas de intervención. Se trata,
en definitiva, de aceptar la condición compleja de
cualquier situación inadecuada que deba ser corregida,
por muy pequeño y sencillo que se nos antoje su
enunciado. La misma crianza del vino nos lo recuerda
permanentemente: Sanlúcar no es Jerez, ni Lebrija, ni
Logroño ni Venecia. Con mayor o menor carga
patrimonial pero con parecida complejidad de cada una
de ellas. Complejidad se refiere a partes, a
compuestos, a estructuras y elementos. A diversidad.
Tantas Sanlúcar en Sanlúcar. Cada uno de nosotros
llevamos dentro una o algunas de ellas. La Sanlúcar de
los legendarios negocios fundadores, entre la luminosa
Niebla y la neblinosa Borgoña, la Sanlúcar marinera y
misionera, entre América y Sevilla, Sanlúcar agrícola
y vinatera entre La Jara y La Algaida, la Sanlúcar de
la historia y la leyenda, entre Tartessos y
Montpensier, la Sanlúcar de las personas inolvidables,
entre el Limbo de Toto y el Paraíso de Rafael… Y la
fugaz provincia de Godoy transformó durante ocho años
al río grande fronterizo en un manso y sinuoso
estanque sanluqueño. Un raro crisol de opuestos
caracteres y contradictorias circunstancias. Lo alto y
lo bajo, enrejadas clausuras conventuales e infinitas
llanuras de bajamares, las dos partes del mundo, Cádiz
y Sevilla, como dijo el poeta, a la vuelta de cada
esquina. Todo esto no puede ser pensado con fórmulas
genéricas ni tratamientos estereotipados. No existen
soluciones universales. Cada caso es un universo de
peculiaridades. Cada casa es un caso, cada iglesia,
cada bodega, cada barrio, cada convento.
Por otra parte, pero en
profunda relación con lo anterior, la idea de
conservación se ha convertido en la reina de los
estereotipos universales en la gestión patrimonial.
Parece ser invocada como única y milagrosa panacea
contra todos los males y peligros a los que se
enfrenta la ciudad histórica, heredado relicario de
bellezas, en su incierto pasaje a través del mar
proceloso de la contemporaneidad. Como solitaria tabla
de salvación avistada en el horizonte, a ella se
aferran con fuerza ciega muchos bienintencionados
creyentes en sus poderes. Sin embargo, nada más lejos
de la realidad, de los estados de cosas, como diría
Wittgenstein, que conforman y configuran la identidad
compleja de la ciudad y del patrimonio cultural. Hace
ya casi un siglo y medio que un arquitecto y diseñador
inglés, un poco socialista pionero y un poco misionero
de la cultura, definió la arquitectura con las más
claras y cabales palabras: la arquitectura es, decía
William Morris, cualquier modificación del medio
ambiente para ser adaptado a las cambiantes
necesidades humanas. Una magistral y ajustada
aproximación a los objetivos y medios de uno de los
oficios en los que parece depositarse mayores
responsabilidades. Según Morris, por tanto,
arquitectura es modificación, cambio, transformación,
destrucción, en definitiva, del orden existente para
generar uno nuevo donde haya desaparecido la
desadecuación o inadaptación problemática que debe
ser, siempre, identificada como origen. Nunca la
arquitectura puede ser conservación, a no ser que sean
solo pequeños momentos estratégicos dentro de una
operación más amplia de transformación. Ni tampoco,
por parecidas razones, puede ser restauración. Salvar
Arizón, por ejemplo, significa, sin duda, su
conservación. Y será, también sin duda, una
conservación problemática porque Arizón existe como
ajustado contenedor de una función doméstica y
residencial que ya no será posible. Los riesgos de su
rehabilitación, es decir, su habilitación a una nueva
y para él desconocida función, serán problemáticos. A
pesar de todo ello y a pesar de ser evidente que
Arizón no es el Farnesio romano ni el Grassi
veneciano, ni siquiera el Pilatos o el Bucarelli
sevillanos, ni nada que se le parezca y a pesar de
aborrecer la conservación como milagrosa y exclusiva
idea matriz, no tengo la menor duda de que Arizón debe
ser salvado de la barbarie.
Será, entonces, pensarán
los más fanáticos creyentes, que la arquitectura debe
permanecer radicalmente al margen de los trabajos
vitales de la ciudad relicario. Los habitantes solos,
o ayudados por asociaciones como esta, o asistidos
quizá por los políticos, pueden bastarse por sí mismos
para gestionar las reliquias. Tal vez, en algún
momento, pueda esto ser así. Tal vez ya lo sea o lo
haya sido. ¿Cuáles de las obras hoy aquí premiadas
son, en su renacer, fruto verdadero de la arquitectura
o han sido por completo ajenas a ella o la han usado
solo como mero trámite burocrático obligatorio?
A pesar de todo, a pesar
de todos los pesares, la arquitectura ha sido uno de
los instrumentos claves, si no la clave, en el largo y
penoso proceso de pensamiento, creación y
transformación de la ciudad tal como ha sido
configurada en nuestra cultura. Creo que lo va a
continuar siendo. Pero su compromiso con el patrimonio
no será conservarlo, sino crearlo o acrecentarlo.
¿Cómo? Procurando o aspirando, con la legítima y
saludable ambición del artista verdadero, que nuestras
obras, los frutos de nuestro trabajo, puedan llegar a
ser algún día considerados por nuestra comunidad, en
un mundo ya globalizado, como nuevas aportaciones al
patrimonio colectivo. Ninguna ciudad, ningún pueblo,
aunque ocupe el último lugar de todas las estadísticas
de progreso y bienestar, puede ser castigado a no
poseer sus propios sueños.
Y este será, además, el
camino más claro en la imprescindible incorporación
del arte contemporáneo en general, incluida la
arquitectura actual, en el complejo universo
patrimonial.
La arquitectura no trata
de conservar nada, ni restaurar nada, ni mantener
nada. Trata justamente de cambiar la realidad para
mejorarla. Entiendo por arquitectura la buena
arquitectura. Hay otras muchas cosas aparentemente,
solo aparentemente para ojos distraídos, parecidas a
la arquitectura, en realidad todas las malas
arquitecturas, que son y han sido principales autores,
colaboradores o cómplices distinguidos en todos los
crímenes urbanísticos y patrimoniales cometidos.
Destrucción significa destrucción y puede ser, como
sabemos, una bella palabra cargada de connotaciones
catárticas. Puede encerrar muy diferentes niveles de
contenidos concéntricos o autónomos y dimensiones
variables. La ruina de Arizón implica, seguramente, la
pérdida, repentina o paulatina, de su original
condición funcional, por ejemplo como residencia
compleja, de crecimiento por yuxtaposición o adición,
para residencia familiar y oficios de cargadores de
Indias. Pero su posible rehabilitación para un nuevo
uso implicará la violenta y definitiva destrucción de
los lazos que determinaron su identidad
arquitectónica. Y la arquitectura, la buena
arquitectura, será el imprescindible instrumento de su
transformación.
Ni siquiera Venecia, quizá
la ciudad que más se ha acercado a la idea de ciudad
museo, congelada y ensimismada en la cuidadosa
conservación de sus restos en formol, en la que tanto
tuvo la arquitectura que ver, puede ahora prescindir
de las más modernas tecnologías de transformación
artificial de la naturaleza, esto es, arquitectónica,
para modificar, con el controvertido proyecto Moisse,
las dañinas avenidas cíclicas de las mareas de la
laguna.
Finalmente y en tercer
lugar, querría que éstas fuesen palabras de
enhorabuena y felicitación como presentación de un
acto donde se reconoce el mérito y la excelencia, la
resistencia y la esperanza ante tanta desolación. Como
el paisaje de una permanente e inaudita batalla, una
batalla sin ruido pero sin pausa. Nada será fácil ni
sencillo. Yo creo que no se trata fundamentalmente de
recursos económicos. Al contrario: el dinero ha sido a
veces un factor necesario para el mayor y más rápido
de los desastres. Y, por otra parte, no parece que
pueda aceptarse la idea de que todo esto se produce
sin el concurso de las administraciones públicas.
Sólo parece quedar un
camino seguro: el que conduce a una conciencia
colectiva activa y responsable que vele por sus
intereses con los medios que una sociedad moderna y
democrática posee. Educación, sensibilización,
imaginación, comunicación son algunos hitos de ese
camino. Señalar y mostrar ejemplos de utilidad para
todos, poner de manifiesto el mérito y el esfuerzo de
iniciativas privadas, tantas veces llevadas a término
con dificultades, sin apoyo de las administraciones o
incluso con trabas y obstáculos incomprensibles e
inútiles, es parte imprescindible de esa dificultosa
tarea de la que hablamos, la que ha elegido esta Aula
Gerión sanluqueña como objetivo. Los ejemplos elegidos
por el Aula es lo que hoy presentamos y por esto todos
debemos celebrarlo y felicitarnos, deseando la
continuidad y eficacia de su tarea. Ojalá algún día
desaparezca por innecesaria.
Que la estrella vespertina
que ilumina el escudo sanluqueño, nos guíe en estos
difíciles momentos de dificultad, desesperanza y
desconcierto. Fuerza y ánimos.
Muchas gracias.
En Sanlúcar de Barrameda,
a 5 de julio de 2008
* José
Ramón Sierra Delgado es arquitecto y pintor.
Catedrático de la Escuela Técnica Superior de
Arquitectura de Sevilla.
Texto leído en la Presentación
del acto de entrega de los V Premios a la
Conservación del Patrimonio Histórico concedidos por
Aula Gerión.
